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Peter revela su secreto en la montaña y testimonia el poder de Dios

Peter revela su secreto en la montaña y testimonia el poder de Dios
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"Como en la Montaña Moosilake seguiré los montículos que me guían, uno tras otro, confiando en el amor de Dios permaneciendo en su camino".
Actualizado 16 marzo 2018  
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El colorido follaje otoñal de los bosques en las montañas de Nueva Inglaterra atrajo desde pequeño al protagonista de este testimonio que ha pedido ser citado bajo el seudónimo: Peter. Disfrutaba, relata, caminar por los senderos del monte, sintiendo las hojas y guijarros bajo sus pies, descubriendo paisajes nuevos ya fuere cerca del pueblo o en territorios más alejados a medida que crecía.
 
Cuando Bob, su mejor amigo de caminatas y confidencias -a quien conocía desde la secundaria- falleció por la leucemia, Peter decidió vaciar el dolor escapándose a la Montaña Moosilake. “Es una montaña empinada con muchas cascadas. Nunca antes había caminado solo, pero sentí la necesidad de pasar tiempo a solas con el Señor. Transcurridas dos horas de caminata, alcancé la marca de las tres cuartas partes y me di cuenta de que estaba realmente solo. Me asusté pensando en todos los posibles peligros que me acechaban. ¿Y si un oso me atacaba o un puma me perseguía? ¿Y si me caigo, me lastimo y no puedo bajar de la montaña?”
 
Sin dudarlo empezó a rezar el rosario. “Creo que recé quince decenas”, relata, recordando que así logró calmarse y percibir la paz del lugar. Pero observó las nubes que envolvían la cima ya próxima y el temor amenazó regresar. “Sentí a Dios diciéndome que no tuviera miedo y siguiera adelante. Después de media hora, orientándome por los montículos de piedra que señalan la ruta, finalmente llegué a la cumbre. Vi una enorme roca y me acurruqué bajo ella, al abrigo del viento. Me senté dando gracias a Dios por mantenerme a salvo. El silencio era total”.
 
Allí, a solas con Dios, Peter supo que había llegado el momento de dar testimonio. Así entonces, este es el registro de su relato en primera persona…

 
Dios ama a todos sus hijos e hijas
 

“Mi historia es sólo una entre muchas. Hoy tengo docenas de amigos que recorrieron caminos más o menos diferentes, llegando casi a las mismas conclusiones que yo. Al crecer, como tal vez vivió alguno de ustedes, me resultó difícil relacionarme con los demás, hacer amistades y mantenerlas. Mirando hacia atrás puedo ver que esto ocurría también por algunas necesidades insatisfechas. ¿Recuerdan cuando eran niños? Ustedes, chicos, en algún momento empezaron a necesitar sentirse parte de los jóvenes; y ustedes chicas parte de las jóvenes. Es una necesidad de amor entre iguales que dura toda la vida. Y antes de eso, ustedes chicos necesitaban sentirse amados por su padre y ustedes chicas por su madre… Cuando somos niños satisfacer esta necesidad nos fortalece. Y cuando no está satisfecha, nos metemos en problemas…

Desde que tengo memoria tuve deseos homosexuales, y hace unos diez años habría dicho que era gay. Defendí a la comunidad gay y fui parte de ella. Fui a bares gay, desfiles gay, conferencias gay, caminatas gay, restaurantes gay y lugares de vacaciones gay. Es un pequeño desafío para mí hablar de todas las dificultades, los pecados y las decisiones que tomé. Pero la gracia de Dios me ha sacado de lo que ahora considero horas oscuras y creo que Su Gracia está conmigo. ¿Desde cuándo está conmigo su gracia?... En realidad, siempre ha estado ahí en la vida cotidiana, y en particular, estando en presencia de la Eucaristía.
 
Crecí como todos los demás niños. Como muchos de nosotros, mi padre tenía sus problemas. Era un adicto al trabajo y alcohólico. Bebía demasiado. Para el mundo exterior, era un trabajador valiente y feliz. En casa a menudo era duro, intimidante y arrogante. A cierta edad, antes de los 10 años, quise estar más con mi padre, es algo natural. Esperé a que me guiara hacia él y me mostrara su disponibilidad para acercarme. Pero nunca me la dio. Me dolió, me sentí traicionado, empecé a perder mi amor y respeto por él.
 
Siendo muy joven comencé a ser el apoyo emocional de la familia, especialmente de mi madre. Forzado a una posición incómoda, obligado a actuar como un adulto. Necesitaba el amor de mi padre, pero él todavía estaba fuera de mi alcance y tuve que asumir responsabilidades prematuramente. Estaba triste y enojado sin ver una salida.
 
Finalmente, quizá para protegerme, construí muros alejándome de lo real y doloroso de mi vida, viendo mucha televisión. Alejado de mi padre, no queriendo ser como él, también sentí una distancia cada vez mayor de los chicos del barrio y de la escuela. Quería ser su amigo, pero tenía miedo de ellos y de lo que pudieran hacerme. Para estar seguro, mantuve mi distancia…
 
A medida que me acerqué a la pubertad, los pensamientos sexuales fluían y empecé a masturbarme. No sabía lo que pasaba y estaba asustado, pero también fascinado. No comprendía nada de las tendencias homosexuales que sentía. Todo lo que sabía en mi pequeño mundo aislado era que había encontrado una nueva manera de aliviar mi sufrimiento. ¿Sentí también atracción sexual por las chicas? No. Cualquiera que sea la razón, parecía no haber lugar para eso en mí. Conversaba mucho con las niñas en la escuela y en el vecindario. Era una especie de discusión frenética que les mantenía cerca de mí en la conversación, pero también a distancia…
 
En la secundaria estaba triste, algo perdido, me preocupaba no hacer amigos y hablé con los consejeros sin llegar al meollo del asunto. En la universidad sinceré por primera vez a un consejero que me masturbaba mucho y me atraían los hombres. Seguramente tuvo buenas intenciones cuando me dijo: «Peter, ¿alguna vez pensaste que podrías ser gay?» Y en las siguientes sesiones sutilmente me sugirió buscar mayor satisfacción teniendo relaciones sexuales con hombres. En la superficie me emocionaba pensar que una relación íntima con otro sería una experiencia agradable; en lo profundo lo que él decía me incomodaba. Pero seguí su sugerencia de visitar un grupo de apoyo gay en el área. Tan pronto como entré al lugar, fui abrumado por sensaciones que percibí en los demás hombres. Rápido conocí a una persona con la que tuve mi primera relación sexual. Poco después tuve sexo con otros hombres. Primero uno, luego otro y otro. Seguí yendo unos seis meses y parecía haber una oferta inagotable de parejas sexuales.
 
Durante cinco años traté de encontrar el amor que imaginaba, en los brazos de algún muchacho. Hasta un encuentro que me hizo detenerme y reconsiderar todo. Al entrar en mi apartamento con ese extraño, enganchado en la calle, le pregunté su nombre y me contestó: «Nada de nombres, sólo sexo. Vamos, sigue adelante». Comprendí mi equivocación y desde ese día recurrí a mi fe para encontrar respuestas.
 
Clamé llorando al Señor, pidiendo su ayuda desesperadamente. Algunos días después una compañera de trabajo, Mimi, a quien apenas conocía me propuso almorzar juntos. Al terminar, estando por salir, se detuvo y me dijo  sin preámbulos: «Peter, la oración es una parte importante de mi vida. Soy cristiana y a veces recibo una palabra de conocimiento. Tengo una para ti. ¿Me dejarías decírtela?» Acepté, proponiéndole lo hiciera mientras dábamos un breve paseo. Al escucharla decir «si me equivoco Peter, discúlpame, pero, ¿sientes atracciones homosexuales?», por primera vez ante alguien comencé a llorar mientras le sinceraba: «Sí, y sufro mucho» Ella tomó mi mano y rezó conmigo. Luego me habló de un grupo en su iglesia donde otras personas homosexuales recibían apoyo desde una perspectiva cristiana. Los siguientes 18 meses fueron geniales. Me ayudaron a poner muchas partes de mi vida en orden; dejé de tener sexo con hombres y de masturbarme. Parecía estar en el camino correcto por primera vez en mi vida. Pero no eran católicos y sentía en mi corazón que necesitaba caminar con otros teniendo la Eucaristía en el centro. Estar con ellos se volvió cada vez más problemático para mí y terminé dejándolos. Al poco tiempo empecé a tener sexo de nuevo, volví a caer en angustia y a menudo lloraba hasta agotarme. Una noche, después de llorar sentí que Jesús me hablaba… Con voz amorosa y segura, Él respondió en mi corazón que me ayudaría.
 
Esa semana un antiguo amigo, Bob, me llamó. Sin saber de mi problema me pidió le ayudara en la pastoral juvenil de la parroquia. Respiré y luego empecé a hablar con él sobre mi lucha. Estaba asustado, pero las palabras salieron. Cuando terminé, después de un breve silencio, mencionó a un grupo de apoyo católico internacional para hombres y mujeres, llamado Courage, que tenían un encuentro anual la semana siguiente y en mi región. No podía creerlo. Dios me estaba alcanzando de nuevo y recé: «¡Gracias Jesús! ¡Gracias por tu amor y misericordia, por gente como Bob y Mimi!"
 
Fui a la conferencia y sentí que Dios me abrazaba de nuevo con amor. También empecé a participar en reuniones locales semanales de Courage. Conocí una nueva palabra, castidad, y empecé a vivirla. También a confesarme e ir a misa regularmente. Creo que Dios aprecia mis compromisos porque he tenido sueños poderosos en los que Jesús me invita a luchar, poner mi vida en orden y quitar todo lo que pudiera tentarme o hacerme caer de nuevo en mis adicciones.
 
Dios me hizo enfrentar el odio hacia mi padre. Ahora puedo amarlo. Ya no estoy a la defensiva con él. De hecho nos llevamos muy bien. Todavía bebe, pero aprendí que el perdón es un don extraordinario y lo uso regularmente. El sufrimiento se ha ido. Todavía soy tentado de vez en cuando, pero mucho menos a menudo. Tengo una vida de oración más fuerte, la presencia regular de Cristo en la Eucaristía, la confesión y personas a quienes puedo dirigirme cuando lo necesito. No sé hasta dónde llegaré. Como en la Montaña Moosilake seguiré los montículos que me guían, uno tras otro, confiando en el amor de Dios permaneciendo en su camino".

 
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