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Practicaba la magia ritual desde adolescente, pero el Señor lo liberó de sus demonios

Practicaba la magia ritual desde adolescente, pero el Señor lo liberó de sus demonios
Daniel comenzó a practicar la adivinación en su infancia y después pasó a la "alta magia". Tras iniciar su conversión al cristianismo con 15 años, permaneció una década compaginando la magia con la fe, hasta que una noche tuvo la experiencia de la liberación.
Actualizado 10 noviembre 2020  
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Portaluz. Luis Santamaría del Río.   


En el marco de la XVII Jornada de Cíber Evangelización, que tuvo lugar el pasado 7 de noviembre, con la participación de personas de diversos países gracias a la aplicación Zoom, hubo un testimonio con el título “Liberado por Cristo de la magia ritual”. Estuvo a cargo de Daniel Talavante, un joven español de 37 años quien el año 2016 compartió en Portaluz el camino que recorrió para encontrarse con Cristo siendo homosexual y que ahora  nos revela su vínculo con lo oculto y la liberación que Dios le regaló.

Laico consagrado a María, actualmente es el coordinador del grupo de oración carismática Nuestra Señora de Fátima, de Madrid, y pertenece al Camino Neocatecumenal.

Una infancia marcada por el dolor 

Daniel nació en Madrid en una familia cristiana de tradición, no practicante. Fue bautizado e hizo la Primera Comunión, con unas pocas sesiones de catequesis. “Mis padres se separaron cuando yo tenía 3 años y, aunque ahora se mantiene la buena relación, en su momento se llevaban fatal”, recuerda. A él le tocó ir a vivir con su padre en un pueblo cercano a la ciudad de Guadalajara (España), mientras que su hermano, más pequeño, permaneció con la madre de ambos. Los fines de semana juntaban a los dos pequeños para que no perdieran el contacto. “Yo este tiempo lo viví con mucho dolor”, afirma, por la mala relación entre las familias paterna y materna. Además, “nadie me dijo nunca que Dios existía y me amaba”.

Su acercamiento a la magia comenzó cuando tenía 10 años, aunque “antes ya había una relación porque, al crecer solo, sin amigos ni compañeros, yo me iba a pasear con mi abuela, y me ponía a jugar solo, imaginándome amigos con los que jugaba. Y había uno del que me hice súper amigo. Aunque era invisible, yo lo consideraba como alguien real”. Así “comenzó mi apertura a cosas invisibles sin ser muy consciente de ello, aunque por el momento no fue a más”.

A los 10 años “todo comenzó a torcerse”, explica. Era el 2 de mayo –recuerda con todo detalle– e iba en el coche con su abuelo. Se le cayó el estuche dentro del automóvil y, tras agacharse para recogerlo, tuvo un pequeño mareo y perdió la visión durante unos segundos. “Vi un espejo que se rompía y salía sangre por la grieta. Me asusté y mi abuelo me preguntó por qué, y al contestarle, mi abuelo le quitó importancia”. Pero cinco minutos después, el abuelo sintió que también perdía la vista, dando un volantazo y cayendo sobre Daniel… una situación que era terrorífica: “Mi abuelo había muerto en ese momento de un derrame cerebral, con el acelerador pisado, saliéndose el coche de la carretera y yo gritando”.

El pequeño logró detener el coche quitando el contacto y pudo salir, para ser rescatado a continuación. De regreso en la casa familiar, al ver a su abuela llorando, Daniel entró en pánico, perdió el control y comenzó a gritar. Por eso lo llevaron a la casa de unos vecinos, donde no pudo conciliar el sueño, porque al cerrar los ojos “veía monstruos”. A los tres días de estar con la luz encendida y la radio puesta, finalmente se durmió, agotado.

Tuvo una pesadilla en la que veía a su padre como un esqueleto carbonizado, al igual que su abuela y el resto del vecindario queriendo atraparlo. Cuando estaban a punto de alcanzarlo, “hay una explosión de luz, todo está blanco, y de repente veo a mi abuelo, que me repite lo mismo que me había dicho antes de morir: ‘no te preocupes, porque siempre estaré contigo y nunca te pasará nada’”. Al despertar se lo contó a su familia, y le dijeron que habían incinerado al difunto.

Sus inicios en el ocultismo



Sus familiares comenzaron a decir “que yo tenía un don para adivinar el futuro, como había pasado en el resto de mi familia, y yo acabé creyéndomelo. Además, quería que nada me volviera a sorprender, como me había sorprendido y superado la muerte repentina de mi abuelo”. Por ello empezó a leer cosas sobre la adivinación del futuro, aparentemente inofensivas. “Comencé a echar las cartas del tarot, y acertaba. Empecé a tener visiones, a ver en las cartas cosas que nadie me había contado, y empecé a tener fama a mi alrededor”, dice. Estudió runas, bola de cristal, adivinar a través del agua, del fuego... “Y funcionaba: yo veía el futuro y acertaba”. Además, en el colegio “empecé a tontear con el espiritismo”.

Un día, mientras leía, “me encontré con una frase que decía que la más elevada de todas las magias era la ‘alta magia’ o la magia ritual. Eso fue para mí una invitación. Si esto es lo perfecto, tengo que aprender a hacerlo y dominarlo”. Se refería a la magia de los pactos con demonios y espíritus; círculos y estrellas en el suelo, etc. “Muchos de esos símbolos son reales, y yo practicaba tal magia: con la espada, el athame (daga ritual), el pentáculo y el caldero. Con la espada se conjura a los espíritus para que se aparezcan delante del mago y se les ordena hacer cosas. Y puedo decir que es cierto: ante mí se aparecían espíritus”, afirma.

“Recuerdo que una vez invoqué a mi abuelo”, cuenta Daniel, aclarando que “toda la magia ritual es un compendio de gestos y palabras, todo milimetrado para dar la falsa seguridad de que así tienes dominados a los espíritus y no se van a volver contra él. Yo todo eso lo creía”. Al invocar a su abuelo difunto ordenándole que se apareciera, el incienso que había en el caldero ante él “provocó un humo que se movió de forma antinatural, dirigiéndose hacia el círculo donde tenía que aparecerse mi abuelo, y empecé a oír en mi mente las supuestas respuestas de mi abuelo a mis preguntas”.

En un momento determinado, “hice un pacto con el espíritu que me escuchara y fuera capaz de darme poderes mágicos. Y empecé a tener poderes: veía el futuro, no lo intuía. Veía cosas que sucedían en otros lugares lejanos al mismo tiempo, o escenas del pasado. En cierta manera, podía hasta leer el pensamiento de algunas personas, comunicarme con animales y ordenarles hacer cosas...”.

Cristo y la magia, juntos en su vida



Todo esto antes de su conversión, que inició cuando tenía 15 años. Impactado por la predicación de un sacerdote en la iglesia, sintió que debía hacer caso a sus palabras. Y, así, acudió a unas catequesis del Camino Neocatecumenal. “Nadie me dijo nada de las cosas que yo hacía. Sólo me hablaban de Jesús, de lo mucho que me quería... y me hice cristiano, aunque yo seguía haciendo magia. No sabía que era pecado, porque nadie me lo había dicho, y yo compaginaba los pasos en el Camino con la práctica de la magia”.

Sin embargo, diez años después (“diez años evocando espíritus”), cuando contaba con 25, “me dio por empezar a rezar el rosario. De rodillas en el banco de la iglesia, delante de la imagen de la Virgen de Fátima, cuando estaba rezando la primera avemaría, me empezaron a venir a la mente insultos y obscenidades”.

Para evitar todo eso relacionado con la Virgen María, dejó de rezar el rosario. Pero unos días después se lo comentó a su párroco, que no tenía ni idea de la magia, pero le dijo que “eso es el demonio, que no quiere que tú reces. No dejes de rezar, porque el demonio se irá. Y no dejes nunca la Comunidad. Así, estuve dos años rezando y llorando, porque estaba insultando a la Virgen mientras oraba”.

Además, sentía tal aversión por el párroco que en ocasiones su sola presencia le provocaba náuseas. En este tiempo empezó a pensar que “tal vez la magia y el cristianismo son incompatibles” y, por eso, decidió confesarse de sus prácticas esotéricas en una convivencia. Arrepentido, recibió la absolución. “El sacerdote me dijo que yo había jugado con el diablo, y me tocaría rezar, para que el diablo no jugara ahora conmigo”, explica.

Y llegó la liberación



Ese mismo día, antes de irse a dormir, se acercó a la capilla “para dar las buenas noches al Señor. Fui a arrodillarme. Y sentí una sombra gigantesca, como si se subiera encima de mí, y me invadió un gran terror. Me quedé paralizado, sin poder terminar de arrodillarme. Pensé hacer un ‘conjuro de protección’, por el miedo, pero oí una voz en mi interior que me dijo: ‘¿qué haces, Dani, si tienes ante ti al Rey de los reyes?’. Entonces caí al suelo y salí corriendo”.

Al día siguiente “yo ya no tenía poderes mágicos. Todo había acabado. El Señor me hizo comprender que el demonio se viste de ángel de luz, y que todos los espíritus que yo había visto e invocado eran demonios, haciéndose pasar por difuntos y otros seres para engañarme. Todo era falso. Eran los demonios los que me estaban dominando, no yo a ellos”.
“Los poderes que yo supuestamente tenía no eran míos, sino cedidos por un demonio que fingía que yo los tenía. El Señor me liberó de todo eso, en un instante. Yo lo atribuyo a la obediencia, al hecho de que yo obedeciera a lo que se me dijo. Para lo que yo tenía de demoníaco, la obediencia fue el mejor exorcismo. Y la sencillez: en cuanto me dijeron que la magia era pecado, la rechacé y me arrepentí. Y fui liberado”, afirma Daniel.

“Habiéndome considerado a mí mismo un maestro, el Señor me protegió de entrar en alguna secta o grupo secreto, aunque estuve a punto. Y, sin que yo lo mereciera, el Señor me liberó. Y entonces comprendí hasta dónde llega el poder de los demonios. El Señor me ha ido guiando, poniendo el impulso de vivir como amigo de Cristo”. Y es que “el cristianismo es un combate, no es sólo buscar ser buenos y superarse. Dios lucha en mi favor, y Satanás en mi contra. Los cristianos estamos llamados a combatir, cada uno como el Señor quiera, con la vida de santidad, de gracia, de oración y de intercesión, viviendo en la verdad”, concluye.

 
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