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Recaredo Centelles, el sacerdote que murió bendiciendo a su asesino

Recaredo Centelles, el sacerdote que murió bendiciendo a su asesino
Su vida estuvo centrada en dar testimonio del misterio eucarístico y en los momentos finales este mártir de la fe efectivamente amó sin límite, incluso a quienes lo mataban.
Actualizado 4 mayo 2018  
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Portaluz/ Teo Peñarroja   


Pascual Pla Abad circula por la carretera nacional en dirección norte, hacia el Hospital de Jesús de Tortosa (Cataluña, España). Es julio de 1936. Franco y sus generales se han levantado en armas contra la II República y el país está dividido en dos. En la zona republicana tras prohibir el culto cristiano, secuestran, torturan y asesinan a sacerdotes y religiosos. A Pascual le acompañan dos hombres del Frente Popular, coalición de izquierdas que gobierna en la zona republicana y tienen como único objetivo encontrar a un joven sacerdote, de 32 años de edad: Recaredo Centelles Abad, rector del Seminario Menor de Tortosa.
 
Apenas detienen el auto frente al hospital ven allí a Recaredo, de paisano y con un maletín apoyado en el suelo. Pascual baja del coche, observa al cura unos segundos, son instantes tensos que ambos hombres distienden saludándose con un abrazo. Por sobre las visiones opuestas respecto de aquel conflicto, ellos son primos. Sin embargo a los pocos segundos de aquel saludo Pascual exhorta al sacerdote -según se cita en el libro ‘Discípulo de vida y fe’-: “Recaredo, si llevas un arma encima será mejor que me la des ahora mismo”. El aludido introduce la mano en el bolsillo del pantalón y al sacarla muestra sobre la palma extendida un rosario, reprendiendo: “¿Todavía estás con esas cosas, Pascual? Esta es la única arma que llevo…”
 
En días previos Recaredo había estaba predicando ejercicios espirituales a sus seminaristas. El 19 de julio, al saber que había estallado la guerra, los protegió enviándoles a sus casas. Y ese mismo día él fue ingresado al citado hospital de Tortosa, por una inflamación del riñón. Su familia quería protegerlo y, sabiendo que en esos momentos era peligroso circular por las carreteras del levante español sin un carné del Frente Popular, pidió a Pascual -el primo socialista de Recaredo-, su cooperación. Así, siendo casi  las 22 horas, la comitiva ingresó al pueblo La Vall d’Uxó (Castellón), dejando al sacerdote en casa de su hermana Carmen, donde vivían también otros familiares.
 
 
Consecuencias de usar sotana

Vestir la sotana fue lo primero que hizo Recaredo al llegar a casa de su hermana, relatan los biógrafos. Guardaba también especial cuidado, agregan, por unas fotos del seminario y de los seminaristas. Ante ellas pasaría horas orando, durante su estadía en el pueblo, por cada uno de esos jóvenes.

Pocos días después del arribo de Recaredo, algunos habitantes en La Vall d’Uxó presencian algo insólito. El sacerdote anda vestido de sotana por el pueblo a plena luz del día… ¡como si no hubiera estallado una guerra! Como si las monjas del pueblo no hubieran sido expulsadas del convento, ni las iglesias cerradas, ni los entierros prohibidos o el culto cristiano proscrito. Le acompaña un jovenzuelo de diecisiete años que más tarde será poeta: su sobrino Leopoldo Peñarroja Centelles. Van a una casa donde se esconden las monjas clarisas custodiando la Eucaristía, último sagrario con ‘reserva’ de la localidad. “Lo que pasó allí entonces fue una escena comparable a la de las catacumbas… durante la acción de gracias, las religiosas prorrumpieron en sollozos dolorosísimos, de indefinible amargura. Entonces Recaredo, dirigiéndose a la reverenda madre y a otra religiosa pronunció, lleno de dulcísima unción, la siguiente frase: «¡Qué gloria la de los mártires! ¡Quién pudiera ser mártir!»” -contaría Leopoldo años más tarde en el libro Martirologio de la Hermandad de Sacerdotes Operarios, de Antonio Torres Sánchez-. Fue la última vez que Recaredo celebró una liturgia eucarística, pues sus familiares ya no le dejarían salir.
 
Luego a principios de agosto, tras ser apresado su hermano Vicente y el cuñado de ambos, comprendió el riesgo para la familia y se quitó la sotana. Casi ochenta años después, su sobrina Carmen, por entonces de nueve años, recordaba todavía con emoción: “Y cómo besaba la sotana mientras la plegaba para guardarla en el cajón. ¡Cómo la besaba!”
 
La cruz del perseguido
 
Enjaulado, presionado por la persecución, Recaredo pasaba horas arrodillado delante de una imagen de Cristo Rey en la sala de estar. Una y otra vez pedía a su hermana le consiguiera, como fuera, ornamentos para celebrar allí la Santa Eucaristía. Poco después nació la hija de su hermano Vicente, que estaba preso, y Recaredo la bautizó. Sería la última vez que administraría este sacramento.
 
El 2 de octubre de 1936 llegó una nota escrita por Vicente poco antes de ser fusilado. Arrasado en lágrimas, Recaredo leyó a la esposa y los tres hijos aquel texto en el que su hermano se despedía. Acto seguido e intentando consolarlos el sacerdote les dijo: “No lloréis más. Dad gracias a Dios porque se ha dignado a escoger un mártir entre los miembros de nuestra familia. ¡Ojalá se sirviera escogernos a nosotros!”.
 

Asesinado por ser sacerdote

Casi tres semanas después de aquella carta, algunos milicianos quemaban la iglesia en La Vall d'Uxó.
 

Los minutos finales iniciaron la madrugada del 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, ante cuya imagen Recaredo llevaba meses rezando. En uno de los coches venían miembros de la llamada “Columna de Hierro”, temidos por su barbarie anarquista. Cincuenta milicianos rodearon la casa y luego golpearon la puerta con la culata de sus fusiles. Leopoldo, cuñado de Recaredo, vio que no había escapatoria y tras fracasar en su intento por esconder al sacerdote en el patio trasero, les abrió. En ese instante tabletea una ametralladora cayendo al suelo herido de muerte. El sobrino adolescente de Recaredo grabaría a fuego esa imagen en su memoria. En 1958, cuando escribió Pequeña Historia de una Misa, una biografía inédita del beato Recaredo, lo narra así: “Un chorro de sangre mancha el pavimento. [...] Quizá impresionado por tanta tragedia, a uno de los sicarios se le escapa que “ha pagado el justo por el pecador”. [...] Si es que el martirio de aquél no entraba en los cálculos de sus asesinos, su vocación para el martirio fue obra exclusiva y especialísima de Dios. ¡Alabado sea por tan gran misericordia! Lo dice un hijo de aquel hombre”.

Ciegos de violencia los captores se llevan al sacerdote y a su cuñado Leopoldo Peñarroja Ribelles, ya herido de muerte. Padre Recaredo le daría la absolución en el mismo coche que le llevaba al martirio.
 
“Hasta el cielo”, alcanzó a decir el sacerdote cuando le sacan, mientras su hermana lo abraza, besa y llora en su hombro. “¿Esta es la compañera?” dice burlándose uno de los milicianos. Y Recaredo responde: “Los curas no tienen compañeras”. Minutos después los esbirros milicianos asaltaron dos casas más para secuestrar también al sacerdote Vicente Arámbul y a Ramón Pitarch, laico.
 
Llevaron a todos hasta la tapia del cementerio de Nules, una localidad a seis kilómetros de La Vall d’Uxó. Allí -junto a los otros compañeros de martirio- el padre Recaredo Centelles Abad fue situado contra la pared. A la orden del cabecilla dispararon los fusiles sobre su cuerpo la madrugada del 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey.
 
Tú, que eres sacerdote, bendícenos
 
Pero el sacerdote mártir no falleció de inmediato tras esos primeros impactos.
 

El testimonio es de José María Esbrí, un católico practicante del pueblo, cuyo relato es citado por Recaredo-José Salvador Centelles en su libro Discípulo de vida y fe, biografía del beato: “'¿Tú sabes lo de Recaredo?', le dijo el trabajador a Esbrí, entrando en su oficina. '¡Qué fanatismo tienen estos sacerdotes! No creo nada de eso, pero oye lo que dicen que ha hecho Recaredo. Después de ametrallarlo y caer en tierra, uno de los milicianos le dijo: «Tú, que eres sacerdote, bendícenos». Y Recaredo, que había caído sobre el brazo derecho y no podía moverse, pidió que lo girasen de lado y entonces con la mano derecha libre los bendijo. Después el miliciano le disparó en la cabeza. ¡Pero, basta! Esto me lo han contado'”.

Sin embargo el  estado de alteración y los detalles dados por aquel trabajador, convencieron a Esbrí de que a este hombre nadie se lo contó, sino que estuvo allí. En efecto, durante el juicio posterior, Manuel Serrano, el chófer de uno de los coches que llevaron a los cuatro mártires al paredón, reconoció que aquel hombre había estado presente el 25 de octubre de 1936…  en las afueras del cementerio de Nules, cuando el martirizado sacerdote Recaredo Centelles Abad moría, bendiciendo a sus asesinos.
 
Luego de acopiar los abundantes testimonios documentales, y realizada la investigación de los mismos que señala la Iglesia, Papa Juan Pablo II reconoció en público el martirio de padre Recaredo y el 1 de octubre de 1995 le proclamó beato.

 
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