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Tan necesario como el agua

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Actualizado 17 agosto 2019  
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María Esther Gómez de Pedro   


“Amar a Dios y amar al prójimo, es el agua necesaria para vivir”


La Tierra y con ella millones de personas en vastos territorios, padecen por la sequía y por la falta de acceso al agua potable. Un bien común y esencial para la subsistencia, que demasiados nos acostumbramos a consumirlo sin previsión de sustentabilidad e incluso a derrocharlo. El agua, algo muy simple, que no tiene color, ni sabor, ni olor, pero que es vital para nuestra vida; y como ese gran secreto que el zorro le transmitió al Principito, es un bien esencial, a veces “invisible” a los ojos.

Esto me hace pensar en varias cosas. La primera: que es fácil acostumbrarse a todo, hasta a lo más vital e importante para la vida y que al acostumbrarnos nos puede parecer obvio. Y cuando sucede eso, corremos el riesgo de valorarlo menos, o incluso de desestimarlo. Otro riesgo es el de sentirnos dueños de lo que recibimos de manera natural y evidente y, por lo mismo, creernos con derecho a ello y perder la capacidad de asombrarnos y de agradecer que esté disponible para nosotros.

Pues bien, lo que el agua es para la vida en el plano material, creo lo es el amor en el plano espiritual y profundo de la existencia humana. También en este ámbito, igual que en el anterior, se corre el riesgo de acostumbrarse, dejar de valorarlo, de exigirlo como un derecho o de banalizarlo. Pero es innegable que no podemos vivir sin amor. Su ausencia se manifiesta en rencillas, guerras, peleas, odios, indiferencias, angustia, sinsentido, suicidios, homicidios, alevosía, etc. Llegados a este punto, no es de extrañar el núcleo de los conocidos mandamientos de la ley de Dios que, como sabemos, a lo que en resumen obligan, es a amar. Sí: amar a Dios y al prójimo. Parece un contrasentido que se nos obligue a amar siendo que el amor es lo máximamente libre y gratuito. Sin embargo, por otro lado, sabemos que la ley siempre cumple una misión de pedagoga y de orientadora, para evitar el mal y promover el bien hasta que uno llegue a la perfección y no la necesite. Y, si avanzamos un paso más, es claro que como el mayor bien para la persona es amar y llegar a la unión con lo máximamente perfecto, que es Dios, en primer lugar, y, por ser su imagen y semejanza, cada persona humana, entonces es razonable que “la ley divina se ordene a amar”.

Mucho se ha escrito y dicho sobre el amor, pero me gustaría rescatar aquí a alguien que no sólo pensó y escribió sobre ello, sino que también lo vivió. Santo Tomás de Aquino, inteligencia privilegiada y corazón especialmente sensible para el amor de lo noble y bello, vinculó la felicidad humana con el amor, especialmente a lo más perfecto, y así afirmó que “El fin de la criatura humana es unirse a Dios, pues en esto consiste su felicidad”, y, en efecto, la “mejor manera de unirse a Él es por el amor” (Suma contra Gentiles, Libro III, cap. 115 y 116). Sí, entre los seres humanos, que comparten un fin común, debiera darse unión de afectos, lo que le hace deducir que “es preciso que se unan entre sí con un mutuo amor” (cap. 117). Alude a varias razones más para vivir ese amor fraterno que además pueden ser de utilidad para esforzarnos más en vivirlo: “Quien ama a otro es lógico que ame también a los que aquel ama y a los que están unidos a él. Mas los hombres son amados por Dios, quien les preparó la fruición de Sí mismo como fin último. Es preciso, que al hacerse uno amador de Dios, se haga también amador del prójimo” (Ibid). De esta forma se genera un círculo virtuoso: el que ama, hace capaz a aquel que se sabe amado de amar a su vez a otros, de perdonar, de tener paciencia, y así sucesivamente. Otro argumento que esgrime alude a nuestra condición de seres sociales, por la que cada uno de nosotros precisa “ser ayudado para conseguir su propio fin. La mejor manera de ayudarse es el amor mutuo entre los hombres”, de ahí que “recibimos el mandato del mutuo amor”. Por último, lo justifica porque “por un cierto instinto natural, un hombre socorre a otros, incluso desconocido, en caso de necesidad, por ejemplo, apartándolo de un camino equivocado, ayudándole a levantarse”.

Esta acentuación en el amor fraterno quizás choque con el excesivo hincapié que hoy se pone en la carrera y el éxito tanto profesional como personal. Y, sin embargo, ¿de qué sirven todos los logros que podamos conseguir si no tenemos con quién compartirlos y de esa forma crecer en ellos?    
      
Definitivamente, si la ausencia del agua pone de manifiesto cuánto la necesitamos y la valoramos, con mayor razón sucede con aquello tan esencial para la vida e invisible como es el amor, el buscar el bien para el otro incluso hasta dar la vida por él y agradecerlo como un don. Y aunque por nuestra terquedad y egoísmo lo perdamos a veces para volver así a valorarlo, contamos, sin embargo, con el recordatorio de esa ley íntima a nosotros mismos, puesta por nuestro Creador en el fondo del corazón, que nos invita a esforzarnos para amar: amar a Dios y amar al prójimo. Esa es el agua necesaria para vivir.

 
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María Esther Gómez de Pedro es miembro de la Cruzada de Santa María en Chile. Licenciada en Filosofía, profesora de secundaria y Doctora en Filosofía por la Universidad de Barcelona, España. Directora Nacional de Formación e Identidad - UST
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