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¡Velad!

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Actualizado 27 noviembre 2020  
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Cardenal Raniero Cantalamessa   


Comentario al Evangelio del domingo 27 de noviembre.  Marcos 13,33-37
 

Comienza un nuevo año litúrgico. El año litúrgico es un ciclo de tiempo en el que la Iglesia recorre todo el misterio de Cristo desde su nacimiento a su regreso al final de los tiempos. Dentro de este período hay unas etapas más breves como son las cuatro semanas de Adviento, que iniciamos hoy, como preparación a la Navidad.

El Evangelio, que leeremos en este segundo año del ciclo litúrgico trienal, es el de Marcos. Según una tradición, que encuentra numerosas confirmaciones en los escritos del Nuevo Testamento, Marcos fue discípulo e “intérprete” de Pedro, del que puso por escrito sus recuerdos y la predicación. Su narración se basa por lo tanto en un testimonio ocular de excepcional importancia. Casi con seguridad escribió en Roma, en donde Pedro estuvo en activo durante los últimos años de su vida. Su Evangelio en orden de tiempo fue el primero a ser escrito, es ¡el primer libro de “catecismo” de los cristianos! Por su brevedad y por el carácter predominantemente narrativo, el Evangelio de Marcos es el instrumento ideal para una primera aproximación a la figura de Jesús. Escuchemos de nuevo alguna frase del pasaje evangélico de hoy:

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!”
 
Este modo de hablar de Jesús sobreentiende una visión bien precisa del mundo. La podemos resumir así: el tiempo presente es como una larga noche; la vida por la que somos conducidos asemeja a un sueño; la actividad frenética, que en ella desarrollamos, es en realidad como un soñar. San Pablo explicita esta visión cuando escribe: “La noche está avanzada, el día se echa encima” (Romanos 13, 12), entendiendo por “noche” esta vida y por “día” la vida futura.

Desde siempre y en todas las culturas solemos asociar la idea del sueño a la de la muerte (es común hablar del “sueño de la muerte”); pero, en la Biblia está asociada todavía más frecuentemente a la de la vida. Es la vida la que es un sueño; la muerte será más bien un despertar y para muchos un brusco despertar. Un escritor español del Seiscientos, Calderón de la Barca, ha escrito un famoso drama titulado precisamente “La vida es sueño”. La nuestra, más que la “tierra de los vivientes”, se debiera llamar, decía san Agustín, la “tierra de los durmientes”.

Del sueño expresa nuestra vida algunas características bien precisas. La primera es la brevedad. El sueño tiene lugar fuera del tiempo. Daos cuenta. En el sueño las cosas no duran como se mantienen en la realidad. Situaciones, que exigirían días y semanas en el sueño, tienen lugar en pocos minutos. A veces se tienen sueños cuyo contenido, en la realidad, ocuparía jornadas enteras; os despertáis, miráis el reloj y descubrís que os habéis dormido durante una decena de minutos. Es una imagen de nuestra vida: llegados a la vejez, uno mira hacia atrás y tiene la impresión de que todo no haya sido más que un suspiro.

Otra característica es la irrealidad o vanidad. Uno puede soñar que está en un banquete y que come y bebe hasta la saciedad; se despierta y se encuentra pleno de hambre. He aquí que un pobre, una noche, sueña haber conseguido ser rico. Se deleita en el sueño, se pavonea, desprecia hasta a su propio padre, haciendo como si no lo reconociera. Pero, se despierta y se encuentra tan pobre como antes. Así sucede también cuando se sale del sueño de esta vida. Uno acá abajo ha sido un ricachón, pero he aquí que muere y se encuentra exactamente en la misma posición que aquel pobre que despierta después de haber soñado ser rico. ¿Qué le queda de todas sus riquezas si no las ha usado bien? Un puñado de moscas, esto es, se encuentra con las manos vacías. Vanidad.

Hay, sin embargo, una característica del sueño que no se aplica a la vida y es la ausencia o carencia de responsabilidad. Tú puedes haber matado o robado durante el sueño; te despiertas y no hay traza alguna de culpa; tu certificado de antecedentes penales no está manchado, no debes amortizar pena alguna. No es así en la vida, lo sabemos bien. ¡Lo que uno hace en la vida, deja rastro, y qué huella! En efecto está escrito que “dará a cada cual según sus obras” (Romanos 2, 6).

En el plano físico hay sustancias, que nos “inducen” y concilian el sueño; se llaman somníferos y son bien conocidos por una generación como la nuestra, enferma de insomnio. También en el plano moral existe un terrible somnífero. Se llama la costumbre. No hablo, naturalmente, de las buenas costumbres que más bien son virtudes, sino de las malas costumbres, o el hacer las cosas por costumbre, mecánicamente, sin convicción alguna ni participación interior. Se ha dicho que la costumbre es como un vampiro. El vampiro –al menos estando a lo que se cree o se dice– ataca a las personas que duermen y mientras chupa su sangre, al mismo tiempo, introduce en ellas un líquido soporífero, que les hace experimentar aún más dulce el dormir, de tal manera que aquel desventurado se da por vencido siempre más en el sueño y el vampiro puede chuparle la sangre mientras quiere. En efecto, éste no puede adormecer a la presa, sino que más bien ataca a quien ya duerme; por el contrario, aquella [la costumbre] primero adormece a las personas y después [el vampiro] chupa su sangre, esto es, las energías, el arrojo, la voluntad; inyectando asimismo la costumbre una especie de licor soporífero, que hace hallar siempre más dulce el sueño. El hábito o costumbre para con el vicio adormece la conciencia; por lo cual uno ya no siente más el remordimiento, cree estar muy bien y no se da cuenta que se está muriendo espiritualmente.

La única salvación cuando este “vampiro” se te acerca y se te pone como encima es que algo venga de improviso a despertarte y sacarte del sueño. Esto es lo que pretende hacer con nosotros la palabra de Dios con sus gritos para despertar, que se nos hacen oír tan frecuentemente durante el Adviento: “Velad”; “ya es hora de espabilarse” (Romanos 13, 11); “despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz” (Efesios 5, 14).

Pero, ¿qué significa en este caso velar? Jesús lo explica aquí y en otros pasajes del Evangelio mediante algunas aproximaciones: “Velad y estad atentos”; “velad y vigilad” (Marcos 13, 33); “velad y orad” (Marcos 14, 38).

Estar atentos significa estar como “estirados” o proclives hacia alguna cosa. Nosotros debemos ser como personas que se ponen un punto de mira, que se fijan un blanco, una meta. ¿Habéis visto alguna vez a un cazador en el momento de poner el punto de mira? ¡Qué atención y qué concentración! He aquí, cómo deberíamos estar nosotros. No para abatir a un pobre pájaro, sino para no fallar el blanco de toda una vida, que es la eternidad. En efecto, nosotros estamos destinados a la eternidad. ¿Para qué serviría vivir bien y durante prolongado tiempo, si no nos fuese dado vivir para siempre?

En cuanto al estar prontos, Jesús lo explica con la imagen del portero o del mayordomo de casa, que está siempre dispuesto o pronto a abrir apenas llega el amo de casa: “Es como uno que ha partido para un largo viaje y le ha ordenado al portero vigilar o velar”. Los porteros y las porteras pasan por ser gente curiosa, siempre dispuesta a espiar, escuchar, referir… Quizás sea una calumnia respecto a los pobres porteros; en todo caso no es por esto por lo que están puestos como modelo, sino por su estar siempre con los ojos abiertos sobre quién va y quién viene, prontos a tirarse abajo de la cama, si saben que el amo de la casa puede llegar de un momento a otro.

La oración, además, es el contenido principal de la vigilancia. Entre el rumor de las voces, que nos llegan de todas partes, y nos distraen, velar o vigilar significa, en ciertos momentos, imponer silencio a todo y a todos, apagar todo “audio” o escucha, para situarse ante la presencia de Dios, volver a encontrarse consigo mismos y reflexionar sobre la propia vida. Orar es estar en el umbral desde donde se puede echar una mirada sobre el otro mundo, el mundo de Dios. Es “pasar de este mundo al Padre”.

La vigilancia toma valor del motivo por el que se vela. Vigila también el mujeriego, decía san Agustín, y vigila el ladrón, pero ciertamente no es bueno su vigilar. Velan quienes pasan la noche en la discoteca, pero frecuentemente para enajenarse y no pensar. Ahora el motivo de la vigilancia está formulado así por Jesús:

Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento”.
 
No sirve consolarse diciendo que nadie sabe cuándo será el fin del mundo. Hay una venida, un retorno de Cristo, que tiene lugar en la vida de cada persona, en el instante de su muerte. El mundo pasa, termina, para mí en el momento en que yo paso del mundo y termino de vivir. ¡Hay bastante más “fin del mundo” que esto! Hay tantos fines del mundo cuantas son las personas humanas, que dejan este mundo. Para millones de personas, el fin del mundo es hoy.

¿Por qué la liturgia nos acoge con una palabra tan sobria en el umbral del nuevo año? ¿Quizás Dios nos amenaza, no nos quiere bien? No, es por amor, porque tiene miedo de perdernos. Lo peor que se puede hacer ante un peligro que nos sobreviene es cerrar los ojos y no mirar. La noche en que naufragó el Titanic he leído que tuvo lugar una cosa del género. Había habido mensajes vía radio por parte de otras naves que señalaban en la ruta a un iceberg. Pero, en el trasatlántico tenía lugar entonces una fiesta y un baile; no se quiso molestar a los pasajeros. Así que no se tomó ninguna precaución dejando cualquier decisión para la mañana siguiente. Mientras tanto, la nave y el iceberg estaban marchando a gran velocidad la una contra el otro, hasta que tuvo lugar durante la noche un tremendo choque y se inició el gran naufragio. Esto nos hace pensar en aquello que dijo Jesús en otra parte del Evangelio, hablando de la generación del diluvio: “La gente comía y bebía y se casaba hasta el día en que… llegó el diluvio y se los llevó a todos” (Mateo 24, 38-39).

Terminamos con una palabra de Jesús que, también en esta ocasión, nos abre el corazón a la confianza y a la esperanza:

Dichoso el criado a quien su amo al llegar lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes”.
 
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Cardenal Raniero Cantalamessa, sacerdote de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos, es doctor en Teología, Predicador de la Casa Pontificia.
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