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Víctima de violencia confiesa: "Le tenía odio a mi papá y escuché la voz del Señor invitándome al perdón"

Víctima de violencia confiesa: "Le tenía odio a mi papá y escuché la voz del Señor invitándome al perdón"
"Para nosotros fue muy traumático. Con mi hermano nos cogíamos de la mano y llorábamos porque no podíamos hacer nada. No teníamos el valor como para enfrentar esas situaciones".
Actualizado 29 marzo 2019  
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Portaluz. Ana Beatriz Becerra   


Desde la más temprana infancia, según puede recordar, Zamir García Rodríguez fue testigo de las agresiones físicas que su padre ejercía sobre su madre. Delito que, mediante distintas formas de violencia y relaciones desiguales de poder, provocó la muerte de más de 700 mujeres en Colombia durante 2018.
 
“Para nosotros fue muy traumático. Con mi hermano nos cogíamos de la mano y llorábamos porque no podíamos hacer nada. No teníamos el valor como para enfrentar esas situaciones”, recuerda Zamir durante entrevista con Portaluz.
 
Nada puede justificar la violencia
 
Incluso hoy, con 50 años, a este administrador de empresa le resulta doloroso hablar de la dinámica ambivalente que se vivía en su familia. Sí, pues por una parte estaba esa violencia, pero también recuerda que sus padres “eran muy creyentes” y lo llevaban junto a sus cuatro hermanos cada domingo a misa. Sin embargo “las debilidades”, dice, -inconsecuencia con la fe que profesaban- eran evidentes… ya que sus padres vivían en unión libre, no estaban casados.
 
La violencia es tan destructiva que las propias víctimas -en este caso también Zamir y tal vez sus hermanos, testigos de las agresiones-, dan explicaciones que parecen rebajar la responsabilidad del agresor…
 
“Los celos de mi papá -dice Zamir- hacían que el fuera agresivo con mi mamá, a veces la maltrataba”.  O bien al recordar Zamir que, cuando su papá “empieza a tener sus infidelidades hacia mi mamá y por supuesto ya no empieza a llegar como normalmente llegaba sino se demoraba muchos más días, entonces ya venían los reclamos y la actitud de mi papá era ponerse bravo, ponerse furioso, y, si mi mamá seguía insistiendo, de pronto pues ya entonces la golpeaba”.
 
La realidad es que nada puede justificar la violencia. Lo afirma con claridad Jesús en sus enseñanzas citadas por los Evangelios, la consecuente doctrina de la Iglesia, la razón natural que privilegia una sana convivencia para el bien común y todo razonamiento legal, sujeto al cuidado de los derechos y la dignidad de toda persona humana.
 
Víctima y agresor
 
Sin poderlo evitar Zamir comenzó a reproducir en sus relaciones lo que vivía en casa, reaccionando agresivamente con sus hermanos y compañeros del colegio para imponerse o frente a cualquier conflicto. En la adolescencia las infidelidades del padre con su madre provocaron en Zamir emociones extremas al punto de sentir, dice, “odio hacia mi papá”.
 
El paso siguiente en este desastre llegó cuando -siendo ya un joven- intentó encontrar ayuda pagando servicios de brujos y otros gurúes que prometían resolver el conflicto de sus progenitores. En esta compulsión que vació también sus bolsillos se sometió a sesiones incluso de espiritismo. “Por supuesto que la contaminación fue terrible y tremenda”, confidencia Zamir sin entrar en mayores detalles...
 
Habiéndose dañado su salud emocional y su alma en todo este proceso, cuando “tenía como unos 18 años” fue presa del descontrol. “En un momento determinado le pegué a mi papá, le falté el respeto, y sé que estuve muy mal, fue como la reacción a un cúmulo que tenía dentro” relata con manifiesto pesar.
 
En proceso de conversión para sanar
 
 
En una última decisión por huir de la historia familiar, Zamir (imagen adjunta) se aferró a la relación con una chica. Pero repitiendo los errores de sus padres permaneció con ella siete años en unión libre, sin llegar a tener hijos.  Los conflictos desgastaron el vínculo y tras dejarla siguió el consejo de su madre incorporándose a la comunidad católica “Sánate tú”.  Allí comenzó un camino de conversión, de sanación y de liberación que alcanzó su momento clímax cuando realizó un examen de conciencia honesto que lo situó ante un sacerdote, pidiendo el sacramento de la Reconciliación:
 
“Tenía 28 años y llevaba más de 10 años sin confesarme… Pude sanar muchas heridas que tenía y también en uno de los retiros que participé con la comunidad, descubrí que odiaba a mi papá… tenía un odio impresionante hacia mi papá y escuchaba la voz del Señor que me invitaba a pedirle perdón; pero yo le decía: ‘yo no quiero perdonar a mi papá’.  Iba entonces al Santísimo y siempre me llegaba la voz del Señor: Pídele perdón a tu papá”.
 

Reconciliados
 
Ese momento llegó durante un rezo comunitario del rosario en su casa al que asistieron sus padres. Misterio tras misterio iban reflexionando sobre las escrituras y… “Al hacer la oración del perdón empecé a llorar y a llorar. En un momento tomé fuerza, me colgué del cuello de mi papá y le pedí perdón” recuerda Zamir.
 
Al paso del tiempo encontró también en la comunidad a quien sería su esposa. Diez años después de haber recibido el sacramento del matrimonio, sin haber bajado la guardia, cuidando el vínculo con Dios en la vida sacramental y de oración, finalmente recibieron el regalo de ser padres.  “Después de toda la oscuridad vivida, de ir a misa sin comulgar tanto tiempo, de no confesarse, de estar en prácticas paganas, pues todo eso ya ha quedado atrás gracias a Dios. Hoy nuestra alegría, el centro, es el Señor, la Santísima Virgen María; en nuestra familia no falta el rezo del rosario diario, la coronilla a la misericordia, la eucaristía diaria y pues la vida de oración”, reitera.

 
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