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¿Y después de que la muerte les separó?... "Seguimos amando a nuestros maridos"

¿Y después de que la muerte les separó?... "Seguimos amando a nuestros maridos"
Lola y Rosa
Rosa Pich y Lola Pérez son dos mujeres que tienen mucho en común: numerosos hijos, una fe sólida y un apostolado activo por el matrimonio y la familia. Ambas enviudaron hace pocos meses, y han sufrido lo indecible.
Actualizado 15 diciembre 2017  
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Misión   


“Las lágrimas y las risas se alternaron durante la hora y media que duró la conversación que mantuvimos con Rosa Pich y Lola Pérez”, comienza narrando en Revista Misión el periodista Juan Luis Vásquez al presentar el testimonio de ambas mujeres -no se conocían entre ellas- que comparten sus experiencias de fe ante el misterio del dolor y la muerte…
 

Han pasado trece meses desde la muerte de Rafa y diez meses desde la de Chema. ¿Qué recordáis de esos momentos?
Rosa Pich: Chema fue muy consciente de la gravedad de su enfermedad y sabía que era algo terminal. Fuimos al hospital porque le dolía la espalda, y ya no salió de él. En el hospital llamó a los niños y empezó a decirles: “Jesús es muy bueno y nos quiere mucho. Primero se llevó con Él a vuestros hermanos Javi y Montsita, después a Carmen, y ahora…”. Y no siguió. A los niños se les empezaron a caer las lágrimas. Fue un momento muy especial. Recuerdo que un hijo mío dijo: “Mamá, ¿quieres que vaya a buscar un cubo para recoger todo esto?”, y rompimos a reír. Otro me dijo por la noche: “Mamá, ha sido el día más bonito de mi vida; hemos llorado y reído a la vez”. A pesar del dolor, fue muy bonito.
Lola Pérez: Nosotros tuvimos más tiempo para asimilar la gravedad de la enfermedad de Rafa, pero el día que nos dieron el diagnóstico reunimos a los niños en casa. Ellos preguntaron: “¿Vamos a tener otro hermano? ¿Vamos a cambiarnos de casa?”, porque eran nuestros temas de entonces, pero él les contestó: “No. Algo mucho mejor: vamos a tener un combate. Y para ese combate nos tenemos que poner la mejor armadura: la oración”. Les contó lo que pasaba y los niños empezaron a llorar, a preguntar, a enfadarse…, que son emociones normales. Hasta que uno de mis hijos le dijo: “Bueno, papá, lo mejor es que no te vas a quedar calvo”, porque mi marido ya era calvo. Y empezamos a reír y a abrazarnos. Fue un momento súper bonito, y esa unión de todos resultó clave para nosotros después.

Y vosotras, ¿cómo vivisteis la despedida de vuestro marido, después de tantos años juntos?
RP: Es verdad que en esos momentos del hospital tienes poco tiempo para pensar en ti misma. Yo lloré mucho, pero enseguida pensé: tengo muchos niños conmigo y se merecen una infancia feliz. No me podía hundir en un pozo, tenía que ponerme a nadar y mirar adelante.
LP: El año previo a la muerte de Rafa se hizo patente todo lo que habíamos vivido juntos los años anteriores. Para mí fue un año de fe, de probar aquello en lo que creíamos Rafa y yo: o te lo crees, o no te lo crees. Aprendí mucho de él, de su aceptación de aquello que toca vivir, de su humildad. Parece que los hombres tienen la obligación de mostrarse fuertes y tener todo controlado, pero en Rafa vi una aceptación de la debilidad muy bonita. Me ayudó mucho ver ese interior.

La forma de vivir con alegría la muerte de Rafa y de Chema ha llamado mucho la atención. ¿Cómo se puede vivir así una situación tan dolorosa?
RP: La fe es un don, es un regalo, y la gente que no la tiene quizás no lo pueda entender. Nacemos para ir al Cielo; es una realidad. Nosotros hemos vivido la muerte de tres hijos, y eso lo hemos superado gracias a la fe, vivida día a día. Algunos me han dicho: “No sabes lo que ha alcanzado la muerte de tu marido; te enterarás en el Cielo”.

¿Os ha llegado algún favor especial tras la muerte de vuestros maridos?
LP: Sí. Rafa era muy provida y daba muchas charlas sobre el matrimonio. Después de su muerte, varias parejas que no podían tener hijos ya han podido concebir. Y me han dicho: “Esto nos lo ha conseguido Rafa, se lo hemos pedido a él”. Otra cosa muy bonita es que a nuestro grupo de oración venían varias personas solteras que no encontraban novio o novia; bueno, pues en este año he asistido ya a ¡ocho bodas! Para mí es una bonita señal, pero reconozco que todo esto es algo que me abruma [risas].

¿De dónde os viene esa fuerza que tenéis en este tiempo?
RP: De estar delante del Santísimo, de rezar el Rosario todos los días, de la Misa diaria… Es lo que a mí me ha funcionado. Y en los momentos de desánimo, coger la Cruz y decir: “Señor, Tú puedes más, ayúdame”.
LP: Para mí, la clave es amar y seguir amando. Que nuestro marido se haya ido no es una tragedia, es la promesa cumplida: “Vais a estar conmigo en el Cielo”. Rafa ya está donde tiene que estar. Tener muy presente la vida eterna te hace vivir el presente de una manera distinta. También ayuda nuestra forma de vivir en familia, de desdramatizar todo y vivir la vida con alegría: eso luego sale.

Esa forma de vivir la fe alegre en medio del dolor también se reflejó en el tanatorio y en el funeral…
LP: A mí la gente me decía: “¿Cómo llevas a tus hijos al tanatorio?”, y yo pensaba: “¡Pero cómo no los voy a llevar!”. Ellos tenían que estar con su padre hasta el último momento. Y luego estaban allí consolando a la gente, hablando y riendo con todos. Ellos me han enseñado mucho también.

La relación con vuestro marido, ¿cómo continúa hoy? Porque Rafa y Chema están vivos, en Dios…
LP: Bueno, yo he estado muy enfadada con él [risas]. “Oye, me tienes que ayudar”, le digo hoy. A mí me costó muchísimo no tenerle físicamente, mirarnos y cogernos de la mano, pero es verdad que con el paso del tiempo he ido notando su presencia de otro modo. Rafa está ahí, y sobre todo lo percibo cuando comulgo en Misa. No solo viene el Señor, sino también la Iglesia de allá arriba: “Oye, estoy aquí”, le noto. Está pendiente, ¡y más le vale! [risas].
RP: Nosotros casi no tuvimos tiempo de despedirnos, porque todo fue muy rápido. Yo lo noto cerca, pero es muy difícil… A veces no entiendes por qué te ha pasado esto, pero toca vivir en la fe y mirar hacia delante. Dios no nos quiere aquí llorando por las esquinas, sino que sigamos caminando, en mi caso muy arropada por mis 15 hijos.

¿Os habéis enfadado con Dios en algún momento?
LP: Yo sí. La primera vez que fui a Misa después de la muerte de mi marido estuve a punto de darme la vuelta. Estaba muy dolida, pero ha sido muy bonito el proceso de vuelta, de reconocer su amor, de decirle: “Pero si Tú entregaste a tu propio Hijo...”. Me ayudó mucho reconocer que no soy una superwoman ni una supersanta. Volví dejándome hacer, dejándome amar.
RP: Yo creo que es muy bueno que tus hijos vean esa debilidad, que se den cuenta de que somos personas de carne y hueso y que las cosas nos afectan. Yo me encerré el otro día en la habitación a llorar, y no pasa nada. Es bueno llorar.

¿Qué diríais a quienes estén pasando un sufrimiento similar al vuestro?
RP: Que tenemos derecho a estar enfadados y tristes, y a llorar… Pero tenemos que pedir a Dios que nos ayude a entender que nos ama y que de este dolor va a sacar algo bueno.
LP: Yo les animaría también a seguir amando a los demás, pero sin esconder su sufrimiento ni taparlo. Y no tener miedo a pedir ayuda.

Vamos a mirar al futuro. ¿Cómo es la Rosa de hoy, la Lola de hoy? ¿Cuál es vuestra misión?
RP: La mía es estar con mis hijos. He renunciado a algunas cosas solo para estar más tiempo con ellos, y para poder abrir la puerta de casa por las tardes cuando llegan. Luego está la misión de dar aliento a otras personas que lo están pasando muy mal, que se sienten solas y acuden a mí para buscar ayuda.
LP: Mi misión es seguir amando. Amar y querer lo que el Señor me ponga delante: en el servicio a matrimonios y familias con dificultades en el COF, y, sobre todo, en mi familia. Cuando murió Rafa percibí la tentación de despegarnos y de que cada uno hiciera su vida, y por eso también he rechazado algún trabajo para poder estar tiempo con mis hijos y vivir más para ellos.

 
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